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Escrito por una Jubilada. ¿Sigue habiendo serenatas? Cuando yo era una pibita, la posibilidad de una serenata era algo emocionante y esperado. Todos oíamos en la radio por las noches “La ronda” (“Abre el balcón/ y el corazón/ siempre que pase la ronda…”) y, si te tocaba a ti, ya tenías conversación para semanas. A mí una vez me dedicaron una canción de parte de “ella sabrá quién soy” y todavía me lo estoy preguntando. Ni idea, vamos. Las tunas proliferaban, y el novio de la del 3º de mi casa, hoy un conocido periodista, venía con su tuna a rondarla, con lo cual salíamos las del 1º y las del 2º a disfrutar del espectáculo (y de los tunos). Un amigo mío (mis tías lo llamaban entonces “un pretendiente”), que estaba en la tuna de Económicas de Madrid, me pidió una vez ¡a mí!, que no sé coser sino botones, que le bordara una cinta. Salí del apuro pidiéndole a un primo, que pintaba muy bien, que me dibujara un tuno en la dichosa cinta. Pero siempre hacía ilusión eso de formar parte de “las cintas de su capa”.
Yo creo que después la cosa perdió su romanticismo. Otro primo mío, que hizo medicina, vivió, dos años después de terminar la carrera, de los beneficios de la tuna, viajando por toda Europa y sin curar ni un catarro. Todos los hemos visto en los restaurantes en grupos de tres o cuatro y, aunque eso para algunos puede tener su encanto, no es lo mismo. A mí me pasó otra vez veraneando en Los Sauces. No hay nada tan romántico como oír una guitarras y una voz preciosa a medianoche bajo la luna de verano, cantándote aquello de “Paloma mensajera/, cruzando el viento/, ve y dile al amor mío/ que aquí la esperoooo…”. Tengo que decir que, a pesar de esa alusión premonitoria a la paloma mensajera (véase “El marido palomero"), el pobre rondador se quedó esperando sentado, pero también es verdad que aquella noche ganó un montón de puntos. Así que ¿saben lo que les digo? Que le voy a pedir a mi marido que me regale por la jubilación una buena serenata. Que se reúna con los compinches con los que toca la guitarra los jueves y “en una noche clara de inquietos luceros” me regalen los oídos. Eso sí, no les voy a pedir que se disfracen de tunos, no sea que me digan que hasta ahí podíamos llegar. |